Esa joya de la literatura gauchesca que es el "Martín Fierro" tiene reales connotaciones Ayacuchenses.
José Hernández, su autor, mantuvo una estrecha amistad con el fundador de Ayacucho, don José Zoilo Miguens.
Juan María Maldonado, el ex capataz general de la estancia "San Bernardo" de Aráoz, donde se gestó la fiesta, y uno de sus mentores nos hace esta reflexión: "Aunque no hay ninguna constancia oficial, yo creo que la fiesta de la yerra ya existía en los tiempos de Martín Fierro, cuando se organizaban jineteadas y carreras cuadreras. Había que enlazar y pialar en campo abierto porque no existían subdivisiones de potreros como ahora, porque como ustedes saben, Fierro era un vecino de la zona que trabajaba en una de esas estancias".
Es cierto, existen constancias de una carta que el Comandante en Jefe de la Frontera Sud (Partido de Azul) dirigía al Juez de Paz, Enrique Sundbland, del 16 de Agosto de 1866 -año de la fundación de Ayacucho-, y en ella expresa: "El que suscribe acusa recibo de la comunicación de fecha 10 del presente y del individuo Martín Fierro destinado al Batallón Nº 11 de línea; recomiendo a V. Haga todo empeño en remitir algunos más para la remonta del cuerpo. Dios guarde a V. Firmado: Álvaro Barros".
El documento fue hallado por el investigador Rafael P. Velásquez y mencionado en sus obras "Folklore rioplatense" y "Personalidad histórica de Martín Fierro".
Pero hay otros datos.
El escritor Miguel Ángel Azeves cita en su libro: "Ayacucho, surgimiento y desarrollo de una ciudad pampeana" que José Hernández remitió una carta a su amigo, José Zoilo Miguens, fundador de Ayacucho, y en donde el escritor le relata sus problemas económicos para la impresión de su poema. Entonces, se sabe que el fundador del pueblo, un prominente ganadero de la zona, le proporciona a Hernández el dinero suficiente para la primera edición de su inmortal obra.
La carta que a modo de prólogo acompañó dicha edición, se encuentra fechada en Buenos Aires en Diciembre de 1872.
Al mismo tiempo, refiere Azeves algunos pasajes en los cuales participa Martín Fierro en una gran jineteada a campo abierto.
Ayacucho surge como única de nominación de pueblo o ciudad que menciona el famoso personaje de Hernández y, conforme a la más seria investigación histórica, no sería aventurado asegurar que Martín Fierro, pudo haber sido también Melitón Fierro, residente en los pagos de Ayacucho, e inspirador de las desventuras del gaucho personaje.
Por otra parte en la obra se habla con vaguedad de una sierra que se supone es la de Tandil.
Como expresan sus versos a modo de única referencia geográfica, haciendo mención a esta zona:
"...no es un registro de hechos sobresalientes sino una descripción veraz y documentada de la vida de Ayacucho, un reconocimiento de sus mecanismos vitales, una captación de su ritmo vivo, muy especialmente en los comienzos de su existencia".
(Profesor Ángel Héctor Azeves, autor del libro "Ayacucho, Surgimiento y Desarrollo de una ciudad pampeana")
I - LOS PAGOS
DE MI PROVINCIA
Los pagos de mi provincia
son la flor de tierra adentro,
todos vienen galopando
por rastrilladas de tiempo
con un orgullo de Patria
que no les cabe en el pecho.
Los pagos de mi provincia
tienen su historia y sus predios
alhajados de fervores
y adversidades sin cuento,
y un montón de corajeadas
fechas que no se inscribieron
porque los hombres olvidan
o arrumban en el silencio
los ásperos testimonios
que le vienen desde lejos
como cuchillos de punta,
como manada de espectros.
(La Ciudad le dio la espalda
a vihuelas y aparceros,
y ha tapiado el corazón:
si te he visto no me acuerdo).
Los pagos de mi provincia
son la flor de tierra adentro,
son la semilla porfiada
que no se queda en veremos
y nutre en los hontanares
del ayer, su sentimiento.
Ah! los paisanos filosos,
ah! los milicos intrépidos,
esa gente de a caballo
veterana en el denuedo,
en las cosechas del alma
y en los desbordes del cuero.
Vaya a saber ciertamente,
vaya a saber quienes fueron
esos paisanos filosos,
esos milicos intrépidos,
esa anterior gauchería
que bautizó el campo abierto
y fue mojón en el aire
despoblado del comienzo...
(De balde lo ha de negar
algún letrado porteño:
siempre tuvo y tendrá gauchos
gracias a Dios, este suelo).
Los pagos de mi provincia
son la flor, y lo sostengo;
son el pan horneado en casa,
son el ángel guitarrero,
el maíz y los vellones,
son las haciendas y el trébol,
los hombres que se levantan
con el gallo y el lucero
apechugando maromas
de vientos y contravientos.
Por eso siempre les canto
y por eso los pondero
floreándolos con largura,
repartiéndole mis versos.
Si anduve por el Salado
y en las bocas del Desierto
desnudando las pisadas
aborígenes del tiempo,
y si dije Trenque Lauquen,
profundamente y Dorrego,
Dolores y Pehuajó,
San Nicolás y otros pueblos,
digo también Ayacucho
con toda la voz que tengo.
Y son éstas mis razones:
Soy del Sur y aquí me quedo,
aquí donde sabe andar
la sombra de Martín Fierro
¡vengo a decir Ayacucho
con toda la voz que tengo!
II - RAICES Y MEMORIAS
Es otro Sur que me llama
con estas manos de ahora
que poseen todavía
las viejas maneras criollas,
y este Sur me está pidiendo
que al resplandor de unas trovas
penetre hasta sus raíces
y desande sus memorias
a través de un siglo largo
de cabalgar lonja y lonja.
Ayacucho de llanuras
campantes de sol y aromas,
de las antiguas estancias
a cada cual más famosa,
de muchas leguas corridas
en mil pelajes de auroras:
Las Ruinas, El Juncalito,
Navas y La Barrancosa
(perdonen si en la pasada
no las voy nombrando a todas),
qué cuentas para un rosario,
qué capital de coscojas
entre corrales zanjeados
y alguna tranquera sola
con aire de abandonada
en esa pampa redonda.
Ayer de mensajerías
con galeras polvorosas
que cruzaban la planicie
por hondonadas y lomas,
entre pasos y guadales
y horizontes de zozobra.
Aquella Rosa del Sur,
La Flor de las Sierras y otras
cuyas ruedas escribieron
su buena porción de historia,
que llevaron un latido
provincial sobre sus toldas.
Duran aún, más al fondo
de las pristinas memorias,
Las Vizcacheras de Cueli
Y Solitario, esas postas
que fueron en despoblado
como un candil en las sombras.
Ni que hablar de las carretas
porfiadas como ellas solas,
que también juntaron pagos
y distancias cimarronas
entonces, cuando el país
era un pingo atado a soga.
Ayacucho de las yerras,
del recental y las rosas,
Ayacucho de las áureas
y prolíficas mazorcas,
no quiere olvidar ni olvida
su profunda estirpe criolla.
(El alma de Martín Fierro
hoy como ayer lo custodia).
III - MENTAS DE HOMBRES
Y PAISAJES
Un rollo de claridades
se estira que es un prodigio
y abre puertas al asombro
de los parajes nativos:
Las Chilcas, Napaleofú,
Tandileofú y El Perdido,
Chelforó y los Manantiales,
Langueyú y arroyo Chico,
y tantas aguas tendidas
en un galope de siglos,
con fletes encantados
que van venciendo al olvido.
Aquí el cereal desbordante
y los vacunos jarifos,
los desperezos del alba
con la espuma y el chiflido,
las mecánicas tropillas,
el collar de caseríos,
los juncales y espadañas
que son músicos de oído,
y en fin, por los cuatro lados
la pampa en su recorrido
de voluntad cotidiana
y hacer patria de lo lindo.
¿Qué fue de los pajonales,
de los contornos bravíos,
de los varones en ascuas
y con el pie en el estribo,
en muerte y resurrección
de tristes, cifras y estilos...?
Ah! la fama payadora
de ese par de refucilos,
aquel moreno Barrera
y el moreno Rudecindo
que anduvieron enhebrados
en múltiples desafíos
desde Ayacucho a Dolores,
desde Tandil al Vecino;
dos tizones de arrogancia
prendidos como pabilo,
con una piedra en los ojos,
con un hachazo en el vino.
Y aquél con un solo brazo
pero no manco en su oficio
de narrar aconteceres
y la mar de sucedidos,
tan semejantes a las aves
que cantan sin artificios.
Baigorria se llamaba,
recuerden su apelativo
porque la historia la escriben
también los hombres sencillos.
De postas y pulperías
a gatas si queda un hilo:
la vieja Esquina del Carmen
donde el ayer detenido
luce un mostrador, y rejas
de fierro, como de vicio.
(Esquinas donde los pueblos
despuntaron sus designios,
refugio de malandanzas
para el gauchaje sin nido,
casi hogar, y también cancha
de las proezas de un pingo).
Hoy Ayacucho es de yerras,
del ternero distintivo,
Ayacucho muy orondo
con los repechos del trigo,
con las haciendas mayores
y los paisajes floridos,
con las muchachas eternas
paseanderas del domingo,
con los raudales de asfalto,
los potentes edificios
y ese aire de andar andando
a su sabor y albedrío,
tendiéndose hacia el futuro
como un pájaro encendido.
Pero el alma siempre va
de vuelta al viejo molino,
al corral de palo a pique,
a techumbres de infinito,
a tiempos de paja y barro
y al valeroso capítulo
de esas gentes imborrables
que quincharon su destino.
(Porque la tierra y el hombre
son las puntas del ovillo
en donde estriba la historia
de los campos argentinos).
De esas gentes imborrables
que quincharon el principio,
allí está don José Zoilo
como el horcón del destino.
IV - AYACUCHO AZUL
Y BLANCO
No son sonoros combates
ni mayúsculas hazañas
los que fundan el acento
provincial de su argamasa,
sino la fe y el trabajo,
las sembraduras del alma
y los muchos sacrificios
ardientes como una espada,
de los seres empeñosos
que se están dando una patria
desde el rincón y los días
de la paz aquerenciada.
Ayacucho en su postura
de fiel estirpe paisana
no luce aperos de gloria
ni chapeados de arrogancia,
sino ese lujo infinito
sobre las sienes templadas,
el armonioso esplendor
de una vincha azul y blanca.
Pero hay honores más hondos
más allá de las medallas,
esas cívicas virtudes
con que se adorna la raza,
cuando el dolor de los otros
en la propia carne sangra.
Pues fue aquí donde unos hombres
de corazón y de agallas,
afligidos por la suerte
de tantos hermanos parias,
un día se levantaron
con toda la voz en armas
para pedir el destierro
del cepo y su triste fama.
¡Que nunca más en el suelo
cardinal de la esperanza
existiera aquel oprobio
de soga, palo y estaca!
Aquí fue donde dos pingos
de vivaz y criolla estampa,
salieron en la porfía
de plantar su resonancia
a través de un continente,
como dos soplos de pampa.
¡Quién no se acuerda de aquellos
casi alados Gato y Mancha!
Aquí, bravos domadores
honran la herencia de ñaupa,
jinetes de cara al viento
y hasta el confín de la audacia,
dándose duro y parejo
en imágenes centauras.
Un nombre: Cipriano Cuevas,
que ronda por las estancias
negándosele al olvido
desde un caudal de guitarras.
(Estas cosas, usted sabe,
no habrá quien pueda borrarlas
porque son las prendas finas
con que se adorna la raza).
Así luce su postura
de fiel estirpe paisana,
este Ayacucho famoso
de rosedales y guampas,
de las yerras y el cereal
y las cosechas humanas,
con el orgullo mayor
de una vincha azul y blanca.
Aquí, flor de tierra adentro
donde se vive la Patria,
el alma de Martín Fierro
florece en cada guitarra.
Ñusta de Piorno -1974-
Incluimos estas décimas criollas, por considerar que las mismas tienen autenticidad y son una expresión de cultura popular, acordes con los aspectos costumbristas y regionales de la Fiesta del Ternero.
No hemos introducido correcciones ni enmiendas, porque las mismas quitarían un sabor especial que el navegante apreciará sin dudas, y porque así con imperfecciones, con lenguaje sin rebuscamientos pseudo-literarios, corresponden a nuestro acervo popular.
Son, sin dudas, expresión de verdad y así las aceptamos.